viernes, 18 de diciembre de 2009

LAS FLORES DE LA PEQUEÑA IDA DE ANDERSEN




la mujer de las flores Gustav Klimt




- ¡Mis flores se han marchitado! -exclamó la pequeña Ida.
- Tan hermosas como estaban anoche, y ahora todas sus hojas cuelgan mustias. ¿Por qué será esto? -preguntó al estudiante, que estaba sentado en el sofá. Le tenía mucho cariño, pues sabía las historias más preciosas y divertidas, y era muy hábil además en recortar figuras curiosas: corazones con damas bailando, flores y grandes castillos cuyas puertas podían abrirse. Era un estudiante muy simpático.
- ¿Por qué ponen una cara tan triste mis flores hoy? -dijo, señalándole un ramillete completamente marchito.
- ¿No sabes qué les ocurre? -respondió el estudiante-. Pues que esta noche han ido al baile, y por eso tienen hoy las cabezas colgando.
- ¡Pero si las flores no bailan! -repuso Ida.
- ¡Claro que sí! -dijo el estudiante-. En cuanto oscurece y nosotros nos acostamos, ellas empiezan a saltar y bailar. Casi todas las noches tienen sarao.
- ¿Y los niños no pueden asistir?
- Claro que sí -contestó el estudiante-. Las margaritas y los muguetes muy pequeñitos.
- ¿Dónde bailan las flores? -siguió preguntando la niña.
- ¿No has ido nunca a ver las bonitas flores del jardín del gran palacio donde el Rey pasa el verano?. Claro que has ido, y habrás visto los cisnes que acuden nadando cuando haces señal de echarles migas de pan. Pues allí hacen unos bailes magníficos, te lo digo yo.
- Ayer estuve con mamá -dijo Ida-; pero habían caído todas las hojas de los árboles, ya no quedaba ni una flor. ¿Dónde están? ¡Tantas como había en verano!
- Están dentro del palacio -respondió el estudiante-. Has de saber que en cuanto el Rey y toda la corte regresan a la ciudad, todas las flores se marchan corriendo del jardín y se instalan en palacio, donde se divierten de lo lindo. ¡Tendrías que verlo! Las dos rosas más preciosas se sientan en el trono y hacen de Rey y de Reina. Las rojas gallocrestas se sitúan de pie a uno y otro lado y hacen reverencias; son los camareros. Vienen luego las flores más lindas y empieza el gran baile; las violetas representan guardias marinas, y bailan con los jacintos y los azafranes, a los que llaman señoritas. Los tulipanes y las grandes azucenas de fuego son damas viejas que cuidan de que se baile en debida forma y de que todo vaya bien.
- Pero -preguntó la pequeña Ida-, ¿nadie les dice nada a las flores por bailar en el palacio real?
- El caso es que nadie está en el secreto -, respondió el estudiante-. Cierto que alguna vez que otra se presenta durante la noche el viejo guardián del castillo, con su manojo de llaves, para cerciorarse de que todo está en regla; pero no bien las flores oyen rechinar la cerradura, se quedan muy quietecitas, escondidas detrás de los cortinajes y asomando las cabecitas. «Aquí huele a flores», dice el viejo guardián, «pero no veo ninguna».
- ¡Qué divertido! -exclamó Ida, dando una palmada-. ¿Y no podría yo ver las flores?
- Sí -dijo el estudiante-. Sólo tienes que acordarte, cuando salgas, de mirar por la ventana; enseguida las verás. Yo lo hice hoy. En el sofá había estirado un largo lirio de Pascua amarillo; era una dama de la corte.
- ¿Y las flores del Jardín Botánico pueden ir también, con lo lejos que está?
- Sin duda -respondió el estudiante -, ya que pueden volar, si quieren. ¿No has visto las hermosas mariposas, rojas, amarillas y blancas? Parecen flores, y en realidad lo han sido. Se desprendieron del tallo, y, agitando las hojas cual si fueran alas, se echaron a volar; y como se portaban bien, obtuvieron permiso para volar incluso durante el día, sin necesidad de volver a la planta y quedarse en sus tallos, y de este modo las hojas se convirtieron al fin en alas de veras. Tú misma las has visto. Claro que a lo mejor las flores del Jardín Botánico no han estado nunca en el palacio real, o ignoran lo bien que se pasa allí la noche. ¿Sabes qué? Voy a decirte una cosa que dejaría pasmado al profesor de Botánica que vive cerca de aquí ¿lo conoces, no? Cuando vayas a su jardín contarás a una de sus flores lo del gran baile de palacio; ella lo dirá a las demás, y todas echarán a volar hacia allí. Si entonces el profesor acierta a salir al jardín, apenas encontrará una sola flor, y no comprenderá adónde se han metido.
- Pero, ¿cómo va la flor a contarlo a las otras? Las flores no hablan.
- Lo que se dice hablar, no -admitió el estudiante-, pero se entienden con signos ¿No has visto muchas veces que, cuando sopla un poco de brisa, las flores se inclinan y mueven sus verdes hojas? Pues para ellas es como si hablasen.
- ¿Y el profesor entiende sus signos? -preguntó Ida.
- Supongo que sí. Una mañana salió al jardín y vio cómo una gran ortiga hacía signos con las hojas a un hermoso clavel rojo. «Eres muy lindo; te quiero», decía. Mas el profesor, que no puede sufrir a las ortigas, dio un manotazo a la atrevida en las hojas que son sus dedos; mas la planta le pinchó, produciéndole un fuerte escozor, y desde entonces el buen señor no se ha vuelto a meter con las ortigas.
- ¡Qué divertido! -exclamó Ida, soltando la carcajada.
- ¡Qué manera de embaucar a una criatura! -refunfuñó el aburrido consejero de Cancillería, que había venido de visita y se sentaba en el sofá. El estudiante le era antipático, y siempre gruñía al verle recortar aquellas figuras tan graciosas: un hombre colgando de la horca y sosteniendo un corazón en la mano - pues era un robador de corazones -, o una vieja bruja montada en una escoba, llevando a su marido sobre las narices. Todo esto no podía sufrirlo el anciano señor, y decía, como en aquella ocasión:
- ¡Qué manera de embaucar a una criatura! ¡Vaya fantasías tontas!
Mas la pequeña Ida encontraba divertido lo que le contaba el estudiante acerca de las flores, y permaneció largo rato pensando en ello. Las flores estaban con las cabezas colgantes, cansadas, puesto que habían estado bailando durante toda la noche. Seguramente estaban enfermas. Las llevó, pues, junto a los demás juguetes, colocados sobre una primorosa mesita cuyo cajón estaba lleno de cosas bonitas. En la camita de muñecas dormía su muñeca Sofía, y la pequeña Ida le dijo:
- Tienes que levantarte, Sofía; esta noche habrás de dormir en el cajón, pues las pobrecitas flores están enfermas y las tengo que acostar en la cama, a ver si se reponen -. Y sacó la muñeca, que parecía muy enfurruñada y no dijo ni pío; le fastidiaba tener que ceder su cama.
Ida acostó las flores en la camita, las arropó con la diminuta manta y les dijo que descansasen tranquilamente, que entretanto les prepararía té para animarlas y para que pudiesen levantarse al día siguiente. Corrió las cortinas en torno a la cama para evitar que el sol les diese en los ojos.
Durante toda la velada estuvo pensando en lo que le había contado el estudiante; y cuando iba a acostarse, no pudo contenerse y miró detrás de las cortinas que colgaban delante de las ventanas, donde estaban las espléndidas flores de su madre, jacintos y tulipanes, y les dijo en voz muy queda:
- ¡Ya sé que esta noche bailaréis! -. Las flores se hicieron las desentendidas y no movieron ni una hoja. Mas la pequeña Ida sabía lo que sabía.
Ya en la cama, estuvo pensando durante largo rato en lo bonito que debía ser ver a las bellas flores bailando allá en el palacio real. «¿Quién sabe si mis flores no bailarán también?». Pero quedó dormida enseguida.
Despertó a medianoche; había soñado con las flores y el estudiante a quien el señor Consejero había regañado por contarle cosas tontas. En el dormitorio de Ida reinaba un silencio absoluto; la lámpara de noche ardía sobre la mesita, y papá y mamá dormían a pierna suelta.
-¿Estarán mis flores en la cama de Sofía? -se preguntó-. Me gustaría saberlo -. Se incorporó un poquitín y miró a la puerta, que estaba entreabierta. En la habitación contigua estaban sus flores y todos sus juguetes. Aguzó el oído y le pareció oír que tocaban el piano, aunque muy suavemente y con tanta dulzura como nunca lo había oído. «Sin duda todas las flores están bailando allí», pensó. «¡Cómo me gustaría verlo!». Pero no se atrevía a levantarse, por temor a despertar a sus padres.
- ¡Si al menos entrasen en mi cuarto!- dijo; pero las flores no entraron, y la música siguió tocando primorosamente. Al fin, no pudo resistir más, aquello era demasiado hermoso. Bajó quedita de su cama, se dirigió a la puerta y miró al interior de la habitación. ¡Dios santo, y qué maravillas se veían!















jueves, 17 de diciembre de 2009

EL PRINCIPE DE LA NIEBLA - capitulo finan






Roland había recorrido todo el buque en busca de Alicia sin éxito. El Orpheus se había transformado en una laberíntica catacumba submarina de interminables corredores y compuertas atrancadas. El mago podía haberla ocultado en decenas de lugares. Volvió al puente y trató de deducir dónde podía estar atrapada. La sacudida que atravesó el barco le hizo perder el equilibrio y Roland cayó sobre el piso húmedo y resbaladizo. De entre las sombras del puente apareció Caín, como si su silueta hubiese emergido del metal resquebrajado del piso.
 - Nos hundimos, Jacob - explicó el mago con parsimonia, señalando a su alrededor -. Nunca has tenido sentido de la oportunidad, ¿verdad?
- No sé de qué está usted hablando. ¿Dónde está Alicia? - exigió Roland, dispuesto a lanzarse sobre su oponente.
El mago cerró los ojos y juntó las palmas de las manos como si fuese a entornar una oración.
- En algún lugar de este barco - respondió tranquilamente Caín -. Si has sido lo suficientemente estúpido como para llegar hasta aquí, no lo estropees ahora. ¿Quieres salvarle la vida, Jacob?
- Mi nombre es Roland - atajó el muchacho.
- Roland, Jacob... ¿Qué más da un nombre que otro? - rió Caín -. Yo mismo tengo varios. ¿Cuál es tu deseo, Roland? ¿Quieres salvar a tu amiga? ¿Es eso, no?
- ¿Dónde la ha metido? - repitió Roland -. ¡Maldito sea! ¿Dónde está?
El mago se frotó las manos, como si tuviera frío.
- ¿Sabes lo que tarda un barco como éste en hundirse, Jacob? No me lo digas. Un par de minutos, como mucho. ¿Sorprendente, verdad? Dímelo a mí - rió Caín.
- Usted quiere a Jacob o como quiera que me llame - afirmó Roland -. Ya lo tiene; no voy a huir. Suéltala a ella.
- Qué original Jacob - sentenció el mago, acercándose hacia el muchacho -. Se te acaba el tiempo. Un minuto.
El Orpheus empezó a escorar lentamente a estribor. El agua que inundaba el barco rugía bajo sus pies y la debilitada estructura de metal vibraba fuertemente ante la furia con que las aguas se abrían camino a través de las entrañas del buque, como ácido sobre un juguete de cartón.
- ¿Qué tengo que hacer? - imploró Roland -. ¿Qué espera de mí?
 - Bien, Jacob. Veo que vamos entrando en razón. Espero que cumplas la parte del trato que tu padre fue incapaz de cumplir - respondió el mago -. Nada más. Y nada menos.
- Mi padre murió en un accidente, yo... - empezó a explicar Roland desesperadamente.
 El mago colocó su mano paternalmente sobre el hombro del muchacho. Roland sintió el contacto metálico de sus dedos.
- Medio minuto, chico. Un poco tarde para las historias de familia - cortó Caín.
 El agua golpeaba con fuerza el piso sobre el que se sostenía el puente y Roland dirigió una última mirada suplicante al mago. Caín se arrodilló frente a Roland y sonrió al muchacho.
- ¿Hacemos un trato, Jacob? - susurró el mago.
Las lágrimas brotaron del rostro de Roland y lentamente el muchacho asintió.
- Bien, bien, Jacob - murmuró Caín -.Bienvenido a casa... El mago se incorporó y señaló hacia uno de los pasillos que partían del puente. - La última puerta de ese corredor - señaló Caín -. Pero escucha un consejo. Cuando consigas abrirla, ya estaremos bajo el agua y tu amiga no tendrá ni una gota de aire que respirar. Tú eres un buen buceador, Jacob. Sabrás lo que hay que hacer. Recuerda tu trato...
Caín sonrió por última vez y, envolviéndose en su túnica, se desvaneció en la oscuridad mientras pasos invisibles se alejaban sobre el puente y dejaban huellas de metal fundido en el casco del barco. El muchacho permaneció paralizado unos segundos, recuperando el aliento, hasta que una nueva sacudida del buque le empujó contra la rueda petrificada del timón. El agua había empezado a inundar el nivel del puente. Roland se lanzó hacia el pasillo que el mago le había indicado. El agua brotaba de las escotillas de ascenso a presión e inundaba el corredor mientras el Orpheus se hundía progresivamente en el mar. Roland golpeó en vano la compuerta con los puños.
- ¡Alicia! - grito, aunque era consciente de que ella apenas podría oírle al otro lado de la compuerta de acero -. Soy Roland. ¡Contén la respiración! ¡Voy a sacarte de aquí!
Roland aferró la rueda de la compuerta e intentó con todas sus fuerzas hacerla girar, desgarrándose las palmas de las manos en el empeño mientras el agua helada le cubría por encima de la cintura y seguía subiendo. La rueda apenas cedió un par de centímetros. Roland inspiró profundamente y forzó de nuevo la rueda, consiguiendo que girara progresivamente hasta que el agua helada le cubrió el rostro e inundó finalmente todo el corredor. La oscuridad se apoderó del Orpheus. Cuando la compuerta se abrió, Roland buceó en el interior del camarote tenebroso palpando a ciegas en busca de Alicia. Por un terrible momento pensó que el mago le había engañado y que no había nadie allí. Abrió los ojos bajo el agua y trató de vislumbrar algo entre la niebla submarina luchando contra el escozor. Finalmente, sus manos alcanzaron un girón de tela del vestido de Alicia que se debatía frenéticamente entre el pánico y la asfixia. La abrazo y trató de tranquilizarla, pero la muchacha no podía ni saber quién o qué la había aferrado en la oscuridad. Consciente de que le quedaban apenas unos segundos, Roland la rodeó por el cuello y tiró de ella hacia el exterior del corredor. El buque seguía precipitándose en su descenso inexorable hacia las profundidades. Alicia forcejeaba inútilmente y Roland la arrastró hasta el puente a través del corredor por el que flotaban los despojos que el agua había arrancado de lo más profundo del Orpheus.
Sabía que no podían salir del buque hasta que el casco hubiera tocado fondo porque, de intentarlo, la fuerza de succión los arrastraría a la corriente submarina sin remedio. Sin embargo, no ignoraba que habían transcurrido por lo menos treinta segundos desde que Alicia había respirado por última vez y que, a estas alturas y en su estado de pánico, habría empezado a inhalar agua. El ascenso a la superficie probablemente sería el camino a una muerte segura para ella. Caín había planeado cuidadosamente su juego. La espera a que el Orpheus tocase fondo se hizo infinita y, cuando llegó el impacto, parte de la techumbre del puente se desplomó sobre Alicia y Roland. Un fuerte dolor ascendió por su pierna y Roland comprendió que el metal le había aprisionado un tobillo. El resplandor del Orpheus se desvanecía lentamente en las profundidades. Roland luchó contra la punzante agonía que le atenazaba las piernas y buscó el rostro de Alicia en la penumbra.
Alicia tenía los ojos abiertos y se debatía al borde de la asfixia. Ya no podía contener la respiración ni un segundo más y sus últimas burbujas de aire se escaparon de entre sus labios como perlas portadoras de los últimos instantes de una vida que se extinguía. Roland le tomó el rostro y trató de que Alicia le mirase a los ojos. Sus miradas se unieron en las profundidades y ella comprendió al instante lo que Roland se proponía. Alicia negó con la cabeza, tratando de alejar a Roland de sí. Roland señaló el tobillo aprisionado bajo el abrazo mortal de las vigas metálicas del techo. Alicia nadó a través de las aguas heladas hacia la viga abatida y luchó por liberar a Roland. Ambos muchachos cruzaron una mirada desesperada. Nada ni nadie podría mover las toneladas de acero que retenían a Roland. Alicia nadó de vuelta hasta él y lo abrazo, sintiendo cómo su propia consciencia se desvanecía por la falta de aire. Sin esperar un instante, Roland tomó el rostro de Alicia y, posando sus labios sobre los de la muchacha, expiró en la boca el aire que había reservado para ella, tal y como Caín había previsto desde principio. Alicia aspiró el aire de sus labios y apretó con fuerza las manos de Roland, unida a él en aquel beso de salvación. El muchacho le dirigió una mirada desesperada de adiós y la empujó contra su voluntad fuera del puente, donde, lentamente, Alicia inició su ascenso hacia la superficie.
Aquella fue la última vez que Alicia vio a Roland. Segundos después, la muchacha emergió en el centro de la bahía y pudo ver que la tormenta se alejaba lentamente mar adentro, llevándose consigo todas las esperanzas que había puesto en el futuro.
Cuando Max vio aflorar el rostro de Alicia sobre la superficie, se lanzó de nuevo al agua y nadó apresuradamente hasta ella. Su hermana apenas podía mantenerse a flote y balbuceaba palabras incomprensibles, tosiendo violentamente y escupiendo el agua que había tragado en su ascenso desde el fondo. Max la rodeó por los hombros y la arrastró hasta que pudo hacer pie a un par de metros de la orilla. El viejo farero esperaba en la playa y corrió a socorrerlos. Juntos sacaron a Alicia del agua y la tendieron sobre la arena. Víctor Kray buscó el pulso de Alicia en la muñeca, pero Max retiró delicadamente la mano temblorosa del anciano.
- Está viva, señor Kray - explicó Max, acariciando la frente de su hermana -. Está viva.
 El anciano asintió y dejó a Alicia al cuidado de Max. Tambaleándose, como un soldado tras una larga batalla, Víctor Kray caminó hasta la orilla y se adentró en el mar hasta que el agua lecubrió la cintura.
- ¿Dónde está mi Roland? - murmuró el anciano, volviéndose a Max -. ¿Dónde está mi nieto?
Max le miró en silencio, viendo cómo el alma del pobre anciano y la fuerza que le había mantenido todos aquellos años en lo alto del faro se perdían igual que un puñado de arena entre los dedos.
- No volverá, señor Kray - respondió finalmente el muchacho, con lágrimas en los ojos -. Roland ya no volverá.
 El viejo farero le miró como si no pudiera comprender sus palabras. Luego asintió, pero volvió la vista a mar a la espera de que su nieto emergiese de las aguas para reunirse con él. Lentamente, las aguas recobraron la calma y una guirnalda de estrellas se encendió sobre el horizonte. Roland nunca volvió.

lunes, 23 de noviembre de 2009

EN LOS TALLERES DE CINE

despues de ver la pelicula asistimos a un taller de cine en el que a nuestra sorpresa nos mandaron disfrazarnos de zombir e hicimos fotos y unas secuelas de muertos andantes esto son los resultados



el siguiente link es de la pagina de la gente que se encarga de estos talleres aqui podeis encontrar mas informacion y fotos /http://www.talleresdecine.blogspot.com/

ZOMBIE GIRL THE MOVIE


Un original documental que cuenta la historia de una extraordinaria niña de 12 años que persigue su sueño de hacer películas. Dos años exhaustivos escribiendo, dirigiendo y batallando con la falta de presupuesto y las dudas personales de una cineasta en potencia empeñada en llegar a filmar, editar y estrenar su propio largometraje de zombies.
Desde mi punto de vista una película un tanto sosa ya que aparte de el proceso de creación de patógeno ,la película que esta haciendo la niña, aparecen los problemas con su madre y los sentimientos de los los actores de su edad . La relación que mantiene con la madre es un tanto escabrosa y le quita intensidad a lo que realmente interesa.   

FOTO MARATON

AmoR






















SOleDad


















fEliCiDad





















oRguLLo

sábado, 7 de noviembre de 2009

Declaracion via internet




EL: Sabes aveces pienso qe deveia vivir en Asturias
ELLA: Y eso
EL: X ti XD
ELLA: Jaja qe majo
EL: Lo digo en serio, Weno no se Supongo qe uno no puede tener todo lo qe uno quiere No??Estas ai??
ELLA: Sii He entendido bien ¿
EL: Qe entendiste?
ELLA: Qe te gustaría estar con migo ‘?
EL:La verdad es qe lo he pensado muxo, y….si, me encantaría pero lo veo difícil
ELLA:si noo
EL:sii 4 horas, es lo qe me destroza
ELLA: pero llevas muxo tiempo asi ‘
EL: llevo dándole vueltas después de dos semanas hablando contigo
ELLA: upss
EL: y no pensabea decírtelo asi me lo avia currado, pero no pude aver rexazado esta oportunidad
ELLA: qe te lo avias currao??
EL: Si iva a ser algo qe no olvidarías en toda tu vida
ELLA:Como?
EL: Pensaba qe cuando te viese fuera cuando fuera iba a ir con una rosa escondida y en el momento preciso te diría :una vez un pintor italiano trato de definir la belleza diciéndola belleza es la suma de las partes  en perfecto equilibriode tal manera qe no ace falta añadir ni  modificar nada, y oi me atrevo a volverla definir diciendo qe la belleza eres tu
ELLA: :$
EL:Todavía no as dicho nada pero te dire una cosa ,qe oi soñare cn tigo
ELLA :me qede sin palabras no

martes, 27 de octubre de 2009

LA PERCEPCION VISUAL


La percepción de una imagen está en estrecha relación con la manera en la que cada individuo puede captar la realidad, y, al mismo tiempo, está vinculada con la historia personal, los intereses, la educación del individuo, y su contexto cultural.
El conocimiento de un objeto no está determinado sólo por las sensaciones visuales, auditivas, olfativas, sino que existe una forma particular  (individual, y social) de conocerlo. Se trata de su reconocimiento cultural como un objeto de nuestro mundo, identificable, nombrable. Un observador cuando se enfrenta a un objeto, añade a las sensaciones fisiológicas básicas que recibe a través de sus sentidos, una asociación significativa que depende de su propio contexto cultural y de su formación, lo cual le permite identificar el objeto, esto es, percibirlo. Hay por tanto, un fundamento fisiológico de la percepción, condición necesaria, pero no suficiente para la percepción. Además de la fisiología, es necesario contemplar todos aquellos elementos culturales que en diversos niveles, nos permiten reconocer el entorno en todas sus posibilidades significativas.





viernes, 9 de octubre de 2009

Canciones para Paula CPP






Seis de la tarde de un día de marzo.



Mira de nuevo su reloj y se sopla el flequillo. Vistazo a un lado, a otro. Nada. Ni rastro de la flor roja.


Dos días antes.


Él. “Llevaré una rosa roja para que sepas quien soy”.
Ella. “¿Una rosa roja? ¡Qué clásico!”
Él. “Ya sabes que lo soy”.
Ella. “Yo llevaré una mochila fucsia de las Supernenas”.
Él. “¡Qué infantil eres!”
Ella. “Ya sabes que lo soy”.


Seis y cuarto de la tarde de un día de marzo.


“Será capullo. Si al final resulta que éstas van a tener razón.”
Paula mira de nuevo su reloj. Suspira. Se ajusta la falda que se ha comprado expresamente para la cita. También ropa interior nueva, aunque no cree que la cosa dé para tanto. Da pequeños golpecitos con el tacón en el suelo. Empieza a estar realmente enfadada.


Un día antes.


Ella. “¿Estás seguro de lo que vamos a hacer?
Él. “No. Pero tenemos que hacerlo.”
Ella. “Como no aparezcas...”
Él. “Apareceré.”


Seis y media de la tarde de un día de marzo.


Paula se resigna. Si al menos le hubiese dado el móvil... Se pone la mano en la frente. Está acalorada y eso que allí hace un frío que pela. No puede creerse que él no se haya presentado. Vuelve a mirar a todas partes en busca de una flor roja.
Nada.
“Eres un capullo”, dice en alto pero no lo suficiente como para que alguien la oiga.


La noche anterior.


Él. “Te quiero”
Ella. “TQ”


Seis y treinta y seis de la tarde de un día de marzo.


Paula se ha cansado de esperar. Tiene calor. Tiene frío. Saca una goma de uno de los bolsillos de la mochila de las Supernenas y se coge una cola. Se había alisado el pelo para la ocasión. Ahora ya le da igual. Aquel capullo no se ha presentado. “Capullo”.
“¿Y ahora?” Es pronto para volver a casa y por nada del mundo quiere estar cerca de su PC. Necesita un buen café con el que aliviar las penas.
Justo enfrente ve un Starbucks. Camina hacia el paso de cebra para cruzar la calle haciendo mil y una muecas de fastidio. Mientras espera que el muñequito del semáforo se ponga en verde, recuerda la conversación con sus amigas en el instituto.


Ese mismo día por la mañana.


Paula. “A las cinco y media”
Cris. “Tía. No me lo puedo creer. ¿De verdad que has quedado con ese tío?”
Diana. “¡Qué fuerte me parece!”
Paula. “Creo que es el momento de que por fin nos conozcamos”.
Miriam. “Pero si ni siquiera os habéis visto en foto”.
Paula. “Ya lo sé. Pero me gusta. Yo a él le gusto. No necesitamos fotos.”
Diana. “¿Y si es un enfermo? Un depravado sexual de ésos.”
Miriam. “Eso es lo que a ti te gustaría encontrar, eh Diana. Un loco que ande todo el día pensando en el sexo”.
Todas ríen menos Diana que intenta dar un tortazo a Miriam, pero hábilmente ésta lo esquiva.
Cris. “¿Y si no se presenta?”.
Paula. “Se presentará”.
Miriam. “Puede que no”.
Diana. “Puede que no”.
Paula. “¡¡¡¡ Os digo que sí!!!!”


Profesor de matemáticas. “Señorita García, sé que le entusiasman las derivadas. Pero haga usted el favor de contenerse un poco en clase. Y ahora, ¿puede usted salir a la pizarra a ilustrarnos con su sapiencia?”
La conversación termina y ahora todas ríen menos Paula que de mala gana se levanta y se dirige al encerado.


Seis y cuarenta de la tarde de un día de marzo.


Paula abre la puerta del Starbucks. No hay nadie haciendo cola. Un chico calvo y delgado con barbita le atiende con una bonita sonrisa. La chica pide un Caramel Machiatto, una especialidad con caramelo y vainilla. Paga y sube a la planta de arriba a tratar de poner un poco de orden en su desordenada cabeza.
La sala está prácticamente vacía. Una parejita tontea en un sillón cerca de uno de los grandes ventanales que dan a la calle. Paula los mira de reojo.
“Que mala pata, han cogido el mejor sitio.”
Cerca de la pareja hay otro sillón que le satisface, pero lo descarta al encontrarse demasiado cerca de aquellos novios. No es plan molestarles.
Así que finalmente se decanta por un lugar alejado y esquinado, cerca de otra ventana, pero con menos luz y peor vista.
Paula mira el tráfico de la ciudad. Pensativa. Está triste. Realmente, pensaba que él se presentaría. Dos meses hablando cada día, contándose cosas, riendo, casi enamorándose y a la hora de la verdad, él había sido un cobarde. O quizás no era lo que decía ser y finalmente ha dado por concluida la relación.
No, no puede ser. Eso no puede ser.
Paula da un sorbo a su Caramel Machiatto. Inevitablemente se mancha los labios y le deja una especie de bigotillo espumoso bajo la nariz. Intenta llegar con la lengua pero es inútil. El caramelo ha hecho de las suyas.
“Mierda, no he cogido servilletas y paso de cruzarme delante de esos dos otra vez”.
Mira en la mochila de las Supernenas, pero no encuentra pañuelos de papel.
Suspira. Saca el libro que llevaba dentro y lo coloca sobre la mesa para continuar su rastreo con menos obstáculos. Nada. Y vuelve a suspirar.
Durante la exploración mochilera, un chico ha entrado en la sala y se ha sentado justo en el sillón que está enfrente de Paula.
En el tercer suspiro, al levantar la cabeza, la chica lo ve. La está mirando. Es guapo. Le sonríe. Paula recuerda que aún está manchada y disimuladamente arroja el libro al suelo. Cuando se agacha para recogerlo, aprovecha y con la mano se limpia la boca, los labios, hasta se frota la nariz por si acaso. Salvada.
Pero de repente su rostro bajo la mesa se topa con el rostro del chico guapo que se ha acercado y está agachado junto a Paula. Sin decir nada, el joven saca un pañuelo de papel de un paquete que llevaba en el bolsillo y se lo da.


- Toma – le dice ofreciéndole el clínex con una amplia sonrisa. Una sonrisa maravillosa, piensa Paula-. Aunque igual ya no lo necesitas.


Paula se quiere morir al escuchar las palabras del joven guapo de la sonrisa maravillosa. Se muere de vergüenza. Sus mejillas enrojecen y al incorporarse con el libro en la mano se da un cabezazo contra la mesa.


- Ay.
- ¿Te has hecho daño?
- No.- Paula ve al chico de pie. Es bastante alto. Lleva una camiseta rosa y unos pantalones vaqueros azules muy gastados. Sus ojos muy grandes y castaños y su pelo un poco más largo que lo que a ella le hubiese gustado que lo llevara. Pero es realmente guapo-. Y tampoco necesito tu pañuelo.


El joven sonríe y se guarda el pañuelo en el bolsillo.


- Muy bien. Me vuelvo a mi sitio.


Paula agacha la mirada y espera a que el desconocido se siente de nuevo. Cuando intuye que el joven está otra vez sentado levanta un poco la vista para comprobarlo. Así es.
“Qué guapo es... Basta, ¿en que estás pensando Paula?”
Un leve dolor donde se ha dado el golpe le devuelve a la realidad, pero al tocarse no nota ningún chichón. Menos mal. Lo que le faltaba.
“Hija, si es que tienes la cabeza muy dura”, le suele decir su madre a menudo. Mira por donde y sin que valga de precedente, tiene que darle la razón.
Paula sonríe, por primera vez en toda la tarde. Da un nuevo sorbo a su bebida, esta vez con cuidado de no mancharse y abre el libro por la página donde unas horas antes lo había dejado.
Perdona si te llamo amor de Federico Moccia. La historia de una joven estudiante de diecisiete años y un publicista de treinta y seis que se enamoran. Paula no es una gran aficionada a la lectura, pero Miriam le ha hablado tanto de este libro que finalmente decidió leerlo. Y le entusiasma. Le apasiona la madurez de Niki, la protagonista, sólo un año mayor que ella, y su capacidad para conquistar a un hombre mucho mayor como Alessandro. Sí. Ojalá ella algún día tuviera una historia de amor tan intensa como aquella, aunque le gustaría que el chico no fuese tan mayor, claro.
Entonces de nuevo le viene a la mente el plantón. Aquel capullo la ha dejado tirada.
“Ufff”.
Casi sin querer, mira al sillón donde está el chico guapo de la sonrisa maravillosa. Esta vez él no la está mirando a ella.
“No me lo puedo creer”, se le escapa a la joven en voz alta.
El joven está leyendo. Prácticamente se encuentra por el final del libro. Paula inclina la cabeza para leer el título y estar segura de que no se equivoca: Perdona si te llamo amor.
En esos momentos, el chico se da cuenta de que los ojos de Paula están puestos sobre él. La mira, luego la portada del libro, luego otra vez a ella y sonríe. Esa sonrisa maravillosa de nuevo.


- ¿Te está gustando?- le pregunta el joven, alzando un poco la voz.


“Pues claro que me gusta, estúpido. Cómo no me iba a gustar esa sonrisa, si es la más bonita que he visto nunca”. Piensa ella.


- ¿Perdona?


- He visto antes cuando se te ha caído... bueno en realidad lo he visto cuando he llegado y estabas buscando en tu mochila, que estamos leyendo el mismo libro. Y te preguntaba que si te está gustando.
- Ah, eso. Sí. Sí que me está gustando.
- Es una bonita historia. Espera...


Entonces el joven se levanta del sillón, coge su bebida y el libro y se sienta al lado de Paula.
La chica, sorprendida, vuelve a ponerse colorada.
No es guapo. Es guapísimo.


- ¿Te importa? Es para no estar gritando todo el tiempo.
- No. Claro. Siéntate.

Pero justo en ese instante, “Don´t stop de music” de Rihana, suena con fuerza desde dentro de la mochila de las Supernenas.
Paula da un respingo y corre a buscar su teléfono móvil. Varios segundos después por fin da con él. Es Miriam.


- Perdona, es una amiga – le dice en voz bajita al joven guapísimo que le vuelve a sonreír una vez más y le hace un gesto como de “contesta, no te preocupes”. Se levanta y camina hacia otra parte de la sala. La joven pareja enamorada ya se ha ido.
- ¿Si?
- Cariño, ¿qué tal va la cosa? – pregunta rápidamente Miriam al oír la voz de su amiga-. No molestamos, ¿verdad?
- ¿Molestamos? ¿La cosa?
- Sí. Estamos aquí Diana, Cris y yo reunidas. Espera. Decid algo chicas... - Un escandaloso “hola” seguido de un insulto amistoso, se oye al otro lado del móvil-. Ves, como te queremos y nos preocupamos por ti. ¿Qué tal va la cita?


“Uff, la cita.” Ahora cae. Pero no tiene ganas de dar explicaciones a sus amigas ahora mismo y menos tener que darles la razón. Así que se ahorra decirles que aquel capullo no se ha presentado.


-Bien. Va bien “la cosa”. Pero no puedo hablar ahora mismo. Estoy muy liada y...
- ¡¡¡Uhhh!!! Muy liada. Mmmm. Muac, muac, muac. Bueno no te molestamos más niña. Mañana queremos todos los detalles. Chicas colgamos. Despediros.- Y un sonoro “adiós, te queremos” seguido de otro improperio cariñoso dan por finalizada la conversación.


Paula cierra los ojos. Suspira. “Están locas”. Y se dirige otra vez a su sillón.
Cuando regresa, el joven guapísimo está de pie. Lleva el libro bajo su brazo.


- Me tengo que ir. Se me ha hecho tardísimo. En diez minutos empiezo las clases.


“Las clases. ¿Qué clases? ¿A estas horas?


- Encantado de conocerte. Espero que el final del libro te guste-. Y sin decir nada más el chico guapísimo de sonrisa maravillosa sale corriendo de la cafetería.


Paula entonces se vuelve a sentar. También ella se va. Tiene ganas de llegar a casa, tomar un buen baño relajante y olvidarse por un tiempo de su PC. Coge el libro para guardarlo, pero percibe algo extraño. El separador no es el suyo y además está en la última página.
“Ese idiota se ha equivocado de libro y se ha llevado el mío.”
Abre el libro por el final y arriba escrito con bolígrafo azul puede leer “alexsoñador@hotmail.com. Por si quieres comentar el final del libro”.
Paula sonríe. Luego da una pequeña carcajada. Guarda el libro dentro de su mochila de las Supernenas. Y camina hacia las escaleras de la planta alta de aquel Starbucks sin poder evitar una sonrisa tonta.
“Y el tío va y me dice que espera que el final del libro me guste. Qué capullo...”
Pero hablando de capullos...
En ese momento, otro joven alto, guapo, de preciosa sonrisa, sube a toda velocidad las escaleras de la cafetería. Va tan deprisa que no ve a Paula y tropieza con ella. La chica da un culazo contra el suelo. El chico casi se cae sobre ella pero consigue saltarla y termina de rodillas justo detrás. De sus manos resbala una rosa roja.
Paula lo mira. Él la mira y sonríe al ver la mochila de las Supernenas en el suelo.


- Perdona por el retraso, amor. Encantado. Soy Ángel.


Ese día de marzo, en esa misma ciudad, unas horas antes del encontronazo entre Paula y Ángel.
La redacción está completamente vacía. Sólo quedan el jefe, encerrado como siempre en su pequeño despacho, y él, que además está apunto de terminar un artículo sobre esa banda escocesa que está de moda en Reino Unido. Bajito, muy bajito, en el ordenador suena “All you need is love”, pero no la original de los Beatles, sino una versión que sale en la película “Love actually”. Todo lo que necesitas es amor.
Ángel relee lo que ha escrito una vez más. Prácticamente, cada vez que escribe una línea, examina el texto entero.
“Esto está casi”, piensa.
Aquello le gusta de verdad. Escribir. La música. Vale, la revista no es gran cosa. El sueldo tampoco. Pero es su primer trabajo serio a sus 22 años. Quizás con el tiempo pueda aspirar a más. A la “Rolling Stones”, por ejemplo. Pero por ahora se conforma con lo que tiene. Otros compañeros de carrera aún no tienen trabajo y él además escribe sobre lo que le gusta.
Termina la canción y comienza “I finally found someone” cantada a dúo por Brian Adams y Barbara Streisand. Finalmente encontré a alguien. Ángel sonríe. Recuerda que esa canción se la pasó a Paula por el MSN. Ella no la conocía por el título pero cuando la oyó, dijo “ahhhh, síiii. ¡¡¡¡Ésta salió en Operación Triunfo!!!!”
Él, en su soledad, sentado frente al ordenador portátil no pudo sino sonreír ante la respuesta de aquella chica que en las últimas semanas le había robado un trocito del corazón. ¿Estaba enamorado?
Esa tarde darían un pasito más. Después de dos meses hablando cada día, por fin se iban a ver. Se iban a tocar. Se iban a oler. Entonces descubriría si realmente aquella chica le gustaba de verdad.

En esos momentos se abre la puerta del despacho del jefe. Jaime Suárez, con aire triunfalista y a pasos acelerados, avanza hasta la mesa en la que Ángel está terminando su artículo.


- Lo conseguimos. Confirmado. Esta tarde nos visita Katia para una entrevista.
- ¿Katia? ¿Esa Katia?
- ¿Cuántas cantantes conoces que se llamen Katia, Ángel?


Katia se había convertido en las últimas semanas en un fenómeno social. Cualquier adolescente llevaba en su Ipod la canción “Ilusiona mi corazón”, el tema número uno en las listas de ventas en marzo. La joven cantante había irrumpido de una manera abrumadora en el panorama musical con su primer single.


- Qué suerte. ¿Se encargará usted de la entrevista?
- No, Ángel. Lo harás tú. Maite y Valeria no están en la ciudad. Y yo estoy ya muy mayor para este tipo de entrevistas. Tú te entenderás mejor con ella. Prácticamente tenéis la misma edad.


Ángel sólo pudo forzar una sonrisa. Precisamente esa tarde tenía que ser. La tarde que tenía libre. La tarde en la que había quedado con Paula.
“Un periodista no tiene horarios, Ángel. Siempre tenemos que estar al pie del cañón y dispuestos.”, le solía comentar su jefe cuando le veía mirar el reloj al acercarse la hora de salida de la redacción.


- ¿Y a qué hora va a venir? – preguntó el chico preocupado.
- Pues su agente nos ha dicho que sobre las cuatro de la tarde.


Mentalmente Ángel calcula el tiempo que le llevaría aquello y llegar a su cita. Con un poco de suerte a las cuatro y media, cinco menos cuarto habría terminado. En cuarenta minutos llegaría en metro sin problemas al lugar donde había quedado con Paula. No podría ir a casa a cambiarse, pero eso no le importaba demasiado. Él siempre estaba correctamente vestido. Elegante pero al mismo tiempo desenfadado. No era una costumbre, sino su estilo.


- Muy bien, jefe. Yo me encargo. Me pondré a preparar la entrevista ahora mismo.
- Perfecto, Ángel. Aquí tienes-. Una carpeta con fotos, entrevistas anteriores, artículos sobre Katia y su CD, caen encima de la mesa del joven periodista-. Entra en Internet también y busca información sobre ella. Pero nada de MSN, eh.


El joven sonríe. ¿Sabría su jefe que en ocasiones cuando había poco trabajo hablaba con Paula desde el ordenador de la redacción?


- Me pongo en ello inmediatamente.


Durante casi dos horas, Ángel se olvida del mundo y estudia a fondo todo lo relacionado con la cantante. Incluso escucha el disco un par de veces. Los minutos pasan y la entrevista se acerca. También la cita con Paula. A las cuatro menos cuarto ha terminado de preparar la entrevista.
Entra en el despacho de Jaime Suárez al que entrega el trabajo realizado. Personal pero no intimo. Preguntas sobre música pero tratadas de una manera diferente. Una entrevista muy cuidada pero con su toque encantador. De todas formas Ángel sabe que eso sólo era el cincuenta por ciento de lo que realmente saldrá cuando esté con ella. La mejor entrevista es la que surge de la improvisación cuando dos personas establecen una conversación con tranquilidad. El guión sólo está para dar tranquilidad por si la mente se queda en blanco.
Su jefe termina de inspeccionar el trabajo y sonríe complacido.


- Esto está muy bien. No cabe duda de que serás un gran periodista y que pronto emigrarás de esta pequeña redacción.


El halago de Jaime Suárez produce una gran sonrisa en Ángel, que sin embargo, ansioso mira el reloj.


- Son las cuatro y cuarto. Tiene que estar al llegar – señala el jefe.


Pero a las cuatro y media Katia no ha llegado. Ni a las cinco menos cuarto. Tampoco a las cinco la joven cantante ha aparecido en la redacción.
Ángel se muerde las uñas. No puede creerse que aquello le esté pasando. Nervioso mira su reloj cada medio minuto.
Seguro que ya llegará tarde a su encuentro con Paula. En un intento desesperado entra en el MSN de su ordenador para ver si ella está conectada y avisarla de que se iba a retrasar. Pero la chica no está.
Tensión. Nervios. Las cinco y cuarto. Mierda, las cinco y media. Paula ya debe de estar allí esperándole, con su mochila de las Supernenas.
“¡Joder, la rosa!”.
Ni se había acordado en toda la tarde de ella. El día anterior había comprado una docena que regaló a su madre. Nadie se dio cuenta de que en lugar de doce rosas, había trece. Una, su identificación personal.
“¡Qué clásico!”, le había dicho ella. Sí, realmente Ángel se consideraba un clásico pero adaptado a la época en la que vivía. Podía oír tanto a Metallica, como a Rihana. A Laura Pausini como a El Barrio. Leía tanto a Agatha Christie como a Ruiz Zafón. Tanto a Pérez Reverte como a Stephen King. Le quedaban tan bien las chaquetas de sport como los pantalones vaqueros rotos. Era un chico preparado para vivir lo que le tocase vivir y en cualquier circunstancia. Tan indefinible como impredecible. En la facultad siempre se lo decían: lo que hoy en día te hace triunfar es la versatilidad y ser polifacético. Y él lo era.


- ¡Ya está aquí¡ - grita Jaime Suárez desde la puerta del despacho. La chica que trabaja en recepción se lo acaba de comunicar. Acto seguido el jefe corre para recibir a la invitada.


Ángel suspira y se dirige a la entrada de la redacción. Por la puerta entran conversando amigablemente Jaime Suárez y el representante de la chica, Mauricio Torres, vestido con chaqueta y corbata. Katia sólo sonríe, sin decir nada.


- Perdónenos el retraso. Hemos tenido una entrevista en una emisora de radio justo en el otro extremo de la ciudad que ha terminado tardísimo. Apenas hemos comido un sándwich cada uno.
- No se preocupe. Ya sabemos como son estas cosas de los medios. Ni siquiera nos habíamos dado cuenta de la hora que era.


Ángel que en estos momentos se ha unido al trío arquea las cejas, aunque trata de disimular su disgusto.


- Ah, Ángel. Estás aquí – dice Jaime, tomando del brazo a su pupilo-. Éste es Ángel Quevedo, el periodista que le va a hacer la entrevista a Katia.


El joven estrecha la mano del representante y luego confuso, da dos besos a la cantante, a la que en un principio también se había propuesto saludar con la mano.
Katia era en persona mucho más guapa que en las fotos que Ángel había estado examinando toda la tarde. Emana como una luz con su presencia y su rostro transmite calma. Tiene una sonrisa inmensa y sus ojos no pueden ser más celestes, seguramente gracias a la elección de unas lentillas de ese color. Es pequeñita. De esas personas que suelen ir diciendo que las cosas buenas vienen en frascos pequeños. Lo único que podía desentonar en aquella chica era su pelo de color rosa y sin embargo a ella le queda como si fuera el suyo natural. Aunque en sus actuaciones suele vestir con ropa estrafalaria más propia de Punky Brewster que de una cantante de éxito, a la entrevista ha ido con unos jeans muy ajustaditos de color oscuro y una camiseta roja y negra bastante discreta. En sus manos porta una torera vaquera a juego con el pantalón.


- Bueno chicos os dejamos solos para que os concentréis en la entrevista – señala el jefe, invitando al agente a pasar a su despacho para dar más privacidad al trabajo de Ángel. Jaime sabe que en el cara a cara a solas, su muchacho gana mucho.


Cuando se quedan solos, Ángel invita a la joven a que se siente en un sofá al fondo de la redacción. Él acerca otro y se sitúa enfrente de ella.


- Antes de nada quería pedirte disculpas por el retraso – se anticipa Katia-. Lo siento mucho de verdad. He visto tu cara cuando tu jefe ha dicho que no importaba. Seguro que tienes algo que hacer.
- No te preocupes. Estaba preparando la entrevista solamente – miente Ángel.


La chica lo mira a los ojos y esboza una simpática sonrisa.


- Bueno no insisto más. Comencemos. Cuanto antes empecemos antes terminamos.


Ángel asiente y pone en marcha la grabadora.
La entrevista resulta tal y como pretendía. Amena, divertida, personal sin llegar a intimar en la vida de Katia. Es incluso algo atrevida. Lo cierto es que aquella joven de veinte años, que aparenta tener dieciséis, durante casi una hora hace olvidar a Ángel que tiene la cita que llevaba soñando desde hace dos meses.
Una conversación encantadora.


- Pues ya está. Hemos terminado- dice el periodista cerrando la libreta en la que había estado apuntando algunos datos importantes. Luego pulsa el stop de la grabadora y la deja encima de su mesa.
- Ha sido muy agradable- señala ella, levantándose del sillón-. Una cosa Ángel... ¿tienes coche?


Éste la mira sorprendido.


- No.
- Vale. Dime entonces donde te llevo.


La cara del chico es de desconcierto absoluto.


- ¿A que te refieres?
- Vamos. No perdamos más tiempo, he venido en mi coche. Corre. Luego vendré por Mauricio.


Katia coge de la mano a Ángel y ambos salen corriendo de la redacción.
Y continúan corriendo por la calle. Paran dos segundos para respirar. Y siguen corriendo hasta llegar al Audi más peculiar de toda la ciudad. Ángel se queda boquiabierto cuando ve aquel coche rosa con la capota negra.


- Hace juego con tu pelo – bromea sonriente.


La chica no dice nada pero también sonríe.
En el camino, el joven le cuenta toda la historia por encima, sin entrar en detalles como que Paula y él aún no se han visto. La chica de pelo rosa y ojos celestísimos escucha atentamente y conduce lo más deprisa que puede hasta el lugar en el que Paula y Ángel debían de haberse reunido hacía más de hora y cuarto.


- ¡Espera! ¡Para ahí un momento! – grita él de improviso.


Katia obedece y aparca rápidamente en doble fila. Ángel se baja raudo. A los dos minutos regresa con una rosa roja en la mano.


- Un chico clásico – ríe ella. Y sigue conduciendo como alma que lleva al diablo hasta el punto del encuentro.


Por fin llegan.


- Ya me quedo por aquí. Muchas gracias Katia – dice bajándose del coche y asomando la cabeza por la ventanilla.
- Es lo menos que podía hacer. Que tengas suerte, Ángel. Y si no te perdona yo te hago un justificante.


Y la joven del pelo color rosa, número uno en todas las listas musicales del país, guiña un ojo, aprieta el acelerador y se aleja de allí.
Ángel corre hasta el lugar exacto donde dos días antes habían previsto la cita.
Mira a un lado y a otro. A lo lejos. Busca entre la gente sentada en los bancos cercanos. Pero Paula no está. Era de esperar.
“Habrá pensado que soy un capullo y que me he echado atrás”.
Vistazo al reloj. Tardísimo. Resopla. Vuelve a mirar hacia todas partes. Nada. No hay esperanza.


- Joven – una voz delicada, acompañada de una mano en su hombro sorprenden a Ángel a su espalda.


El chico se gira y ante él se encuentra con una anciana con un organillo y un recipiente lleno de barquillos.


- Dígame señora. ¿Qué desea? – pregunta el periodista desconcertado.
- ¿Está buscando a alguien verdad?
- ¡Sí! ¿Ha visto usted a una joven morena con una mochila?
- Con esa descripción a muchas. Esto está lleno de jovencitas... pero una se ha pasado delante mía más de una hora mirando el reloj. Se metió en aquella cafetería hace un rato- dice la anciana señalando el Starbucks-. Lo que no le puedo garantizar es que continúe allí ahora mismo.
- Muchísimas gracias señora.


Ángel corre todo lo veloz que puede, saltándose incluso los semáforos y oyendo algún que otro insulto de algún que otro conductor al cruzar la calle cuando no debía. Entra en el Starbucks como si de un corredor de cien metros lisos se tratase. Tres jóvenes alemanas o inglesas que hacen cola para pedir su bebida se le quedan mirando. Entonces ve la escalera y subiendo los escalones de dos en dos llega hasta arriba donde una joven no puede evitarle y termina dando con su trasero en el suelo. Ángel consigue no pisarla y en su impulso cae de rodillas justo detrás. La rosa resbala de su mano y al ver aquella mochila de las Supernenas y la mirada de aquella chica comprende que su cita con Paula acaba de comenzar. Él también la mira y sonríe.


- Perdona por el retraso, amor. Encantado. Soy Ángel.


Paula tarda en reaccionar. Ante sí está el chico con el que lleva hablando dos meses. Dos meses de bromas, risas, iconos, canciones, juegos, palabras. Muchas palabras. Pero ni siquiera se habían visto nunca. Ni una foto. Nada. Sin embargo, ella estaba convencida de que le gustaba. Y ahora lo tenía de rodillas a su lado. Como en un sueño. Irreal.
Ángel se pone de pie y tiende la mano para ayudar a la chica a levantarse.
Paula lo mira a los ojos. Es realmente guapo. Más tal vez de lo que ella había pensado.


- Deja. Ya puedo yo sola – dice con seriedad.


Ángel no puede parar de mirarla ni un segundo. Es muy guapa. Más tal vez de lo que él había pensado.
La chica se levanta como puede, ayudándose con ambas manos. Se coloca la falda y la camiseta en su sitio, se echa el pelo hacia atrás y baja por las escaleras sin decir nada.


- Lo siento – se disculpa Ángel, siguiéndola de cerca, tras recoger la rosa del suelo-. Todo ha sido por...
- Shhh. No digas nada – le interrumpe ella dándose la vuelta y mirándole con una sonrisa-. Has venido. Tarde, pero has venido. Eso es lo que cuenta.


El joven periodista no aparta la mirada de la suya. Tiene ganas de besarla.


- Eso es para mí, ¿no? – pregunta ella señalando la rosa que Ángel lleva en la mano.


Él asiente sin hablar y se la da. Paula inspira el aroma de la flor y cierra los ojos. Cuando los vuelve a abrir, sonríe y le coge la mano. Él sorprendido la aprieta suavemente y también sonríe. Y así, cogidos de la mano salen de la cafetería.
Ya es noche cerrada. Caminan por la ciudad unidos. Enlazados. Como una pareja. A la luz de las farolas. Con el brillo de la luna en una noche despejada. El ruido de los coches, de las motos. Los ruidos de la noche, no impiden que ellos se sientan solos. Únicos. En perfecta armonía. Como si nada más existiesen Paula y Ángel. Ángel y Paula. Como si fueran novios de toda la vida.


- ¿Así que has tenido que entrevistar a Katia? – pregunta ella, caminando de espaldas unos pasos por delante, sin apartar los ojos de él. Sí. Es realmente guapo.
- Eso es. Es muy simpática.
- Me encanta su canción – Y la chica comienza a cantar con su suave voz “Ilusionas mi corazón”. Ángel sonríe y tararea en su mente el tema.
- Además, ella ha sido la que me ha traído en coche.
- ¿De verdad qué te has montado con Katia en su propio coche?
- Sí. Y tendrías que verlo.
- ¿Y está bien?
- Genial. Un Audi deportivo de color rosa. Nunca vi nada igual.
- No, tonto. Hablaba de ella. Que si es tan guapa como parece en las fotos y en la tele.


Ángel no dice nada y piensa bien la respuesta. Realmente Katia le ha parecido mucho mejor en persona que en todas las fotos y vídeos que había visto. Sinceramente, la pequeña cantante es una chica preciosa.


- Normal. Es una chica normal – termina respondiendo.
- Mientes – refunfuña ella. Pero enseguida la sonrisa le vuelve a iluminar el rostro-. Seguro que es más guapa que yo.


Ángel se pone una mano en la barbilla y se la frota.


- Pues ahora que lo dices... Quizás, eh. De hecho, cuando hemos llegado a donde había quedado contigo le he dicho que siguiera para delante, que quería cenar con ella. Pero tenía otra entrevista.
- ¡Capullo! – grita ella, haciendo ver que se enfada. Y se acerca a golpearle.


Ángel la esquiva y corre divertido, alejándose de Paula. Cuando ésta le va a dar alcance, él acelera un poco y se vuelve a escapar. Una vez tras otra. Hasta que finalmente se deja atrapar y se abrazan. Su primer abrazo.


- Estoy cansada. Me has hecho correr mucho. No te ha valido con tenerme una hora de pie esperándote, que ahora además tengo que correr detrás tuyo.
- Sentémonos allí.


Es un banco vacío en una pequeña plazoleta con una fuente iluminada detrás. Se oye de fondo como caen los chorros de agua regando un fondo lleno de monedas.
Paula se sienta en el banco y cuando Ángel lo va a hacer a su lado pone la mano para evitarlo.


- Espera.


El joven no entiende que ocurre. ¿Se ha enfadado



- ¿No quieres que me siente a tu lado?
- Desfila para mí.


Ángel no sabe si reírse o tomárselo a broma.


- ¿Lo dices en serio?
- ¿Tú ves que tenga cara de chiste? Desfila. Quiero comprobar si esas descripciones que hacías de ti mismo en el MSN eran ciertas.


El joven se echa a reír, pero acepta dándose por vencido.


- De acuerdo. Pero luego tú. ¿Vale? Promételo.


Paula acepta la condición. Cruza los dedos, les da un besito y lo promete.
Ángel se coloca enfrente y comienza a caminar en línea recta. No lo hace mal. Paula cruza las piernas y mira con atención.


- Chaqueta fuera – le dice.


Ángel se quita la chaqueta y se la cuelga de un hombro. Y continúa desfilando. Va y viene. Se acerca y se aleja. La luz que embellece la fuente lo ilumina. Paula no le quita el ojo de encima ni por un momento.
Finalmente el chico se detiene ante ella esperando el veredicto.
`
- ¿Y bien?
- Mmmm. Es cierto. Tienes los hombros anchos. Creo que sí, que mides metro ochenta y tres, como decías. Tampoco creo que me hayas mentido con el peso. Pero hay una cosa que decías en la que no estoy de acuerdo.
- ¿En cuál?- pregunta curioso.
- Tienes buen culo. No normal, como me decías. Me gusta.


Ángel no puede evitar una carcajada mientras se vuelve a acercar a Paula.

- Ahora tú. Lo prometiste.
- Espera. Aún no he terminado. Agáchate.


El joven suspira. No entiende, pero obedece. Tiene su cara justo enfrente de la de la chica.


- Mírame fijamente a los ojos.


Ambos sostienen la mirada unos segundos. Unos segundos larguísimos. Unos segundos sin fin.


- Sí. Son azules – dice ella por fin.


Pero sus miradas no se desvían. Siguen fijas el uno en el otro. Los ojos de cielo de Ángel. Los ojos color miel de Paula. Uno perdido en el otro.


- ¿Puedo pedirte algo? – pregunta Ángel.


Ella sonríe.


- No hace falta, amor. Puedes besarme.


Paula acerca sus labios a los de Ángel y los roza un instante con los suyos, para terminar dándole un primer beso rápido. Luego otro algo más largo y profundo. El tercero supera al segundo. Y así fue como con la luz de la luna en una noche despejada, con el ruido del agua de una fuente como banda sonora, Paula y Ángel se dieron su primero beso.



esta el el principio de un libro que sera publicados a principios de noviembre:Canciones para Paula